29/05/2008

Esmeralda, la novia guerrillera del astronauta, finaliza su historia

Acabo con este texto la historia de Esmeralda, texto que estaba en una de mis novelas (ya no está; en una de las correcciones me lo cargué porque no aportaba nada al conjunto), la que se llama "La aventura de las luces azules", que no es sino la continuación y final de "Europa barroca".



Lo que no sé es cómo ella se enteró de lo que iba a hacer, nunca entendí cómo pudo hacer aquello –a lo mejor me estuvo fisgando los papeles de la cartera la tarde anterior sin que yo me diera cuenta o a lo mejor es que era telépata, he oído hablar sobre eso, ahora dicen que por ahí hay unos cuantos telépatas, telépatas de verdad, aunque a saber porque lo dicen los periódicos y ya se sabe que de los periódicos no se puede uno fiar mucho– porque al mediodía, cuando iba a comer al comedor del barco, me la encontré en un pasillo, ella estaba allí, de pie, vestida como de ir de viaje, mirándome como te puede mirar una guerrillera, seria y hierática como una esfinge, y yo le dije, bueno, ya que estás aquí te invito a un helado, yo me quedé muy impresionado por aquella aparición pero no dije nada, hay veces en que es mejor no decir nada, ni preguntar siquiera, lo que pasa es que no comimos helado, como sucede esas veces en que la gente se mira a los ojos pedimos carne, a mí de repente me entraron unas terribles ganas de comerme uno de esos objetos que mi padre llama churrascos, los franceses suelen llamarles entrecôte pero esto queda demasiado fino, en el pueblo de mi madre, en laburdi, o en el goierri, no lo sé, la verdad es que esto de los nombres propios me confunde mucho, decían que era una vergüenza que estas cosas pesaran menos de setecientos cincuenta gramos y seguramente tenían razón, como el barco aquel tenía unos proveedores argentinos la carne era de la que se come pocas veces, de la que se come sólo en los restaurantes, era carne roja y medio cruda, buey de la pampa, y seguramente debido a que la noche anterior no habíamos cenado más que compuestos lácteos sintéticos y saturados de grasas hidrogenadas, que ya se sabe que sólo quitan el hambre de una manera fugaz, nos lanzamos sobre ella, sobre la carne, como dos poseídos y, esto ya lo apunté, mirándonos a los ojos. Cuando acabamos de comer le dije, yo no suelo hacerlo pero aquella vez le dije, ¿y si nos vamos a reposar un rato la comida?, que no me diga usted que no es una forma fina de decirlo, lo del alemán, aquello de tú y yo podríamos hacer maravillas, no es ni la mitad de sutil. Bueno, pues nos bajamos al camarote y cuando iba a empezar la cosa, cuando íbamos a meternos en faena, yo intentando quitarle la camiseta, ella se echó atrás, me cogió de las manos, me miró a los ojos y me dijo, yo tengo un secreto, júrame que no te vas a reír, esta es una manera bastante tremebunda de empezar, no me diga usted que no, yo no sabía qué pensar, un travesti no era, eso estaba bastante claro, no había más que ver como movía el culo, Esmeralda movía el culo como una pantera y los travestis lo mueven más bien como los elefantes, eso si son grandes, si son pequeños lo suelen mover como las escandalosas ocas del Languedoc, en cualquier caso es un movimiento que no tiene nada que ver, cualquiera lo distingue a distancia, así que le dije, tranquila, te juro que no me voy a reír, no, pero júramelo de verdad, de verdad te lo juro, sea lo que sea. Esmeralda me miró a lo más profundo de los ojos y cuando se sintió segura se sentó encima mío como se sientan las chavalas que te quieren y se quitó la camiseta a la velocidad justa, ni atropellada ni demasiado pausadamente, se quitó la camiseta como lo habría hecho una profesional. Luego, con ciertos movimientos que no quisiera calificar, con movimientos que tuvieron bastante que ver con el reino animal, se quitó el sujetador, un sujetador de fantasía. Esmeralda, que era un monumento y se hacía fotos en ropa interior, tenía tres pezones, dos en los sitios habituales y el tercero entre las tetas, justo en medio. Esto es bastante raro, no raro del todo porque luego he leído que hay algunos casos de esta anormalidad, pero sí si se piensa en lo de las fotos, por lo visto se maquillaba y no se notaba casi nada, hay maquilladores muy buenos y se puede uno fiar de ellos porque la mayoría son de la acera de enfrente, hasta hubo una firma de lencería que le ofreció el doble de la tarifa habitual si se le notaba y ella no puso ningún inconveniente, antes al contrario se dejó hacer las fotos y se llevó la pasta, todo esto sucedió porque el dueño de la fábrica, que iba a las sesiones de foto, el decía que para controlar bien todos los detalles, se la quería tirar, como de costumbre, pero no pudo hacerlo porque ella no le dejó, por lo menos eso fue lo que me dijo aunque ya se sabe que de las mujeres no puede uno fiarse, y menos cuando hacen como que están ligando contigo.
Ella nunca fue a América, nunca quiso salir de Europa, no, hombre, vete tú, para qué voy a ir yo, para qué voy a revolver en el pasado, Europa es suficientemente grande, a mí me sobra, cuando vuelvas me llamas y quedamos en donde tú quieras, en Portugal, en Turquía, en Italia, me da igual, en Italia conozco un sitio deslumbrante, se llama Amalfi y está sobre un acantilado, podríamos ir allí, eso sí, avísame con tiempo para hacer yo mis planes, para dejarlo todo resuelto, esto del trabajo ya sabes cómo es, Esmeralda, como había estado en la guerrilla, estaba curada de espantos y se precipitaba por la cuesta abajo de la vida como una de esas mariposas tropicales, sólo iba a vivir un día y lo sabía de sobra, ella ni sospechaba que existieran esas raíces que a los humanos nos atan a determinados lugares, sí, y a algunas situaciones, a mi gran piedra de nombre Ulises.
Esmeralda, la chica cuyos ojos eran del color de su nombre, era un poco viciosa, un poco andromaníaca, se conoce que aún entonces estaba intentando recuperar el tiempo perdido en lo de la guerrilla, a juzgar por lo que me hizo a mí a los alemanes les debía dejar abrasados, y eso que eran dos. A mí, como no me gustaba nada lo de hacer daño a la gente, no quería pegar con la regla a Esmeralda pero ella me obligó, el primer día que tuvo el capricho me dijo, como no me pegues hasta hacerme sangre te digo yo que esta noche la vas a pasar de ayuno y abstinencia, tú verás, tú no eres un violador y yo no te voy a dejar, ante semejante planteamiento no me quedó más remedio que plegarme a sus deseos y atizarla a modo, como allí no teníamos regla seguimos el método clásico, me quité el cinturón y le puse el culo como ella quería entre gritos, ayes, lloros y lamentos. Cuando se hubo corrido media docena de veces me subí encima y vacié la esclusa de los deseos en el pozo sin fondo de su más estricta intimidad, aunque esto quizá sea una forma demasiado floreada de decirlo, yo entonces tenía treinta y pico años y a esa edad, sobre todo si uno se ha tomado un par de copas con anterioridad, puedes estar toda la noche dale que te pego sin sentir la menor molestia, aunque tengo que reconocer que, con el tiempo y la costumbre, acabé por cogerle gusto a la cosa y no hizo falta que me lo pidiera más, cuando su mirada se enturbiaba yo ya sabía lo que tenía que hacer así que se me ocurrió, estuve planteándomelo, lo de volver a mi antiguo oficio, el de dentista, cuando fuera mayor y no pudiera seguir siendo astronauta, total, era lo mismo y la verdad es que pagaban bien, bueno, yo del dinero no me quejaba, aquello fue como una sicoterapia de esas que se hablan tanto.
Como Esmeralda, cuando llegaba al orgasmo, que era con asiduidad, daba unas voces propias de la selva que la había educado, o sea, que emitía unos estridentes sonidos en frecuencias de la parte alta del espectro, en muchos hoteles de las capitales europeas, en hoteles de los buenos, claro, nos conocían de sobra y nos daban habitaciones en los lugares más apartados, me imagino que para que no escandalizáramos a la clientela aunque luego he pensado que quizá lo que sucedía es que tenían cámaras ocultas, ahora ya no pienso eso porque si hubieran grabado algo lo más seguro es que lo hubiéramos visto todos repetidas veces en los informativos, ¡Alfred, nuestro robinsón estelar, follando con una puta...!, ¿se lo imaginan?, sí, seguro que si existiera tal película la hubiéramos visto harto y reiterado y sin embargo tal cosa no ha sucedido, por lo menos hasta el momento, pobre Esmeralda, mira que llamarle puta... Ahora suena el teléfono de la línea principal, les he dicho que esperen, he apretado la tecla, ¡esperad...!, lo que pasa es que da igual, como las comunicaciones tienen un retraso de trece minutos no creo que le den mucha importancia, pero yo dejo el papel y el lápiz –esto del lápiz tiene gracia– y les presto atención, ¿qué más da?, aquí tengo todo el tiempo del mundo para escribir, pensar en Marie Claire y otras mujeres y mirar a las estrellas... Hoy le voy a pedir al aparato de la materia que me haga ensalada de lombarda.

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29/02/2008

ESMERALDA

Fragmento de "La aventura de las luces azules", novela que me costó una temporada finalizar con bien. Tiene 400 páginas y es la continuación de la legendaria "Europa barroca", que anda rodando por estos blogs con cierto éxito.





 

... y, hablando de chavalas, ya que estamos en ello, yo tuve una novia que se llamaba Esmeralda, ¿no lo sabían ustedes?, es posible que aún no lo haya dicho. ¿Dónde estarás ahora, Esmeralda, y qué estarás haciendo? Nada bueno, seguro, esto lo sé de muy buena tinta, hay cosas que uno no puede olvidar, tú saliste así, ya sé que no fue por tu causa, que a todos nos traen sin pedirnos permiso, pero...
 
Esmeralda
Esmeralda, a los diecisiete años, o sea, en la adolescencia, que es cuando hay que tenerlos, no tuvo tiempo para novios, estuvo muy ocupada matando toda clase de seres vivos, hormigas, arañas, gallinas, perros, vacas, burros que cruzaban la carretera, hombres y mujeres, a todos los que pudo los mató, a la mayoría con su fusil ametrallador, a los pequeños con la uña o con el dedo o con la suela de su bota. Esmeralda, cuando era pequeña, cuando tenía que haber estado vociferando y revolcándose como hacen los jóvenes, unos por puro placer, otros en los estadios deportivos viendo jugar a sus equipos preferidos y otros porque les da la histeria, eso que a tan temprana edad es irreprimible, no se puede parar, no hay forma de pararlo, vivió en la selva, en cualquier selva, no voy a decir en cual porque podría haber sido en cualquiera, debió ser en Brasil, o en Filipinas, o en África Ecuatorial, bueno, en África no porque ella no era negra, era blanca tirando a cobriza, era como de la parte del trópico de Capricornio, para que se me entienda, y nunca tuvo tiempo para novios, se contentaba con hacer lo que todos sabemos, decía, y si me quedo preñada, ¿qué?, ¿quién luchará por mi pueblo?, ¿quién luchará por la causa de la libertad? Esmeralda se tenía la lección tan bien aprendida que ignoraba a los de su batallón y utilizaba métodos alternativos, se pasó la mejor época de la vida sin catar las mieles del triunfo; lo que son las cosas.
Un día llegó un periodista a hacer un reportaje sobre los entresijos de la guerrilla, uno de esos periodistas suicidas que van a hacer entrevistas al corazón de las cosas, al mismo corazón de las cosas turbulentas, el periodista era alemán, era rubio y alto, muy espabilado no debía de ser porque picó el anzuelo, eso pasa siempre, los guapos suelen ser un poco tontos, pero los dos se enamoraron y se jugaron la vida en la peligrosa ruleta de la traición; si les llegan a coger de aquello no se hubiera enterado nadie. Esmeralda estaba en la guerrilla cuando llegó el alemán, y como sabía inglés, y el periodista también, se la pusieron de traductora, si ves que hace una tontería, tirofijo. Ellos estuvieron una semana dando vueltas por los campamentos. El primer día que durmieron en la selva, los dos solos, el periodista le dijo, tú y yo podríamos hacer maravillas, esta es una forma de empezar como otra cualquiera, cuando tienes al lado una chavala de diecisiete años tienes que empezar de alguna manera, aunque tenga una ametralladora, eso está claro; otros dicen, se me ocurre una idea, cuál, quítate la ropa, ésta tampoco está mal. Bueno, pues Esmeralda se olvidó de pronto de la guerrilla y de todas sus anteriores consideraciones, incluso de las serpientes venenosas y de las tarántulas que podía haber habido en el suelo, le cogió la palabra al vuelo, vamos, que no le dejó ni pensar, se le montó encima y allí fue todo lo que no había sido cuando debiera, allí mismo se tomó el desquite de tantos años de abstinencia, una vez tras otra hasta que amaneció; además el alemán se había bañado aquella tarde en un río por el que pasaron y eso también ayuda. En la selva húmeda habitan los pájaros cantores, y en el corazón de todos nosotros hay un nido de serpientes de cascabel; cuando la vida, sin pedir permiso a nadie, destapa la fuente de las pasiones, la mayor de las catástrofes amenaza con producirse.
Total, que cuando por la mañana llegaron al campamento al que iban, que estaba camuflado en la punta de un cerro, Esmeralda debía de ir desencajada, debía de llevar unas ojeras como de haberse pasado diez noches sin dormir, se lo notó todo el mundo, sus conocidas en la guerrilla le decían, chiquilla, ¡vaya estreno!, ¿qué te ha pasado?, y le guiñaban el ojo sin perder el paso de la formación, y luego, en seguida, fue cuando se escapó. Como había empezado a descubrir mundos nuevos, mundos inexplorados, no iba a cejar en su empeño. ¿Para qué, si no, tenemos la fuente de los deseos, esa fuente que está por encima, incluso, de la causa de la libertad? Esmeralda, aunque ella no lo sabía, echó una moneda al aire y salió cara. Demasiados años con la cruz a cuestas es lo que tiene. En cuanto empezó a percibir en su carne los demoledores efectos de los apetitos desordenados, sí, los delirios de la concupiscencia, tomó partido.
Cuando se piró con el alemán se fueron a Europa, y allí resultó que el alemán tenía un amigo con el que también se enrolló. Al principio de uno en uno, pero luego con los dos al tiempo. Ella me dijo que eso es una maravilla, un hombre solo no suele servir para nada, es mucho mejor tener dos a tus pies; a tus pies o en donde sea, bueno. Mientras uno te sodomiza el otro puede hacer cantidad de cosas, esto ya va en mentalidades, depende del grado de fantasía de cada cual. También está bien que te aten boca abajo a la cabecera de la cama y con una regla de plástico te pongan el culo más rojo que un tomate; con un periódico enrollado no pica tanto, aunque también está bien; además, luego no te tienes que dar crema en las nalgas. Como el alemán era periodista, le gustaba más lo del periódico; deformación profesional, se le podría llamar a eso.
A Esmeralda la conocí porque, y esto ya lo he dicho, los astronautas, los que hemos montado en esas naves que se elevan por encima de la estratosfera y aún más allá, cuando no estamos cabalgando en el reino de los astros siderales somos personajes bastante públicos, no tanto como las estrellas del show business, claro, o algunos miembros de las instituciones eclesiáticas, pero nos llevan y nos traen, nos hacen la agenda, la agenda nos llega impuesta desde las más altas instancias, hoy estamos aquí y mañana Dios dirá, lo que no es muy envidiable, pero como pagan bien la mayoría tragamos, y una tarde que estaba yo en Alemania, o en Holanda, la verdad es que ni me acuerdo, pero era en uno de esos países centroeuropeos, tuve que ir, ya digo que obligado, a un programa de televisión en donde una serie de personas me preguntaban cosas. Como yo no sé alemán, ni holandés, recuerdo que tenía un traductor simultáneo que se expresaba en un inglés macarrónico, a lo mejor era en Bélgica, no lo sé, y allí, enfrente, entre el público que me preguntaba insustancialidades, estaba ella, esto no se me olvidará, por entonces debía tener veintiuno o veintidós años, y no sé muy bien por qué la habían elegido a ella porque no tenía ni idea de Astronomía, ni siquiera de la recreativa, imagino que porque estaba muy buena y eso siempre queda bien en la 3D; luego, con el tiempo, me contó que la campaña con la que más dinero había ganado era con una de ropa interior. Bueno, pues cuando acabamos de representar el numerito que se hacía delante de las cámaras, yo me hice el remolón, esperé a que saliera, y cuando salió le propuse ir a tomar un helado. En realidad no era verano ni mucho menos, la verdad es que no tengo ni idea de en qué estación del año sucedió aquello, pero dio igual porque me dijo que sí, que bueno, que la llevara, y estuvimos toda la tarde buscando una heladería por aquella ciudad en donde hablaban un idioma incomprensible. Ya a última hora la encontramos, pero estaba cerrada, en aquel país cerraban todos los establecimientos comerciales a las cinco de la tarde, las heladerías también, de forma que acabamos en un restaurante chino que había en un área de descanso de una autopista mirándonos a los ojos, comimos sólo postres, nos comimos un montón de helados, y luego la dejé en su casa y me fui al hotel porque a la mañana siguiente cogía el transbordador, no el transbordador espacial, no se me entienda mal, el transbordador espacial entonces ya no se usaba, hacía tiempo que había dejado de usarse, sino uno que pasaba un estrecho y te llevaba a otro país, a lo mejor era Suecia, o Dinamarca –los suecos fueron muy peleones en el barroco, Federico II les tuvo que poner firmes más de una vez–, en donde dos días después tenía que dar otra charla televisiva a los indocumentados de costumbre.





(continuará)
Posted by Camargo Rain at 19:31:43 | Permanent Link | Comments (0) |

27/12/2007

Nuevo sitio

Si queréis haceros una idea de cómo es todo esto, podéis ir al siguiente enlace,

música para viajar

en donde se cuentan cosas más variadas.


Posted by Camargo Rain at 13:05:13 | Permanent Link | Comments (0) |

14/10/2007

Más sobre Nastasia y su vida



Continuamos hoy con la historia de Nastasia, polifacética muchacha de la Insula Barataria que murió joven, como alguno recordará.

Cuando nace su hermana (la niña que se llama Crucita y no calla), Nastasia hace una recopilación de su vida anterior, y a esta parte pertenecen los párrafos que siguen.

Próximamente abordaremos la narración de las aparatosas andanzas de Crucita, pero de momento, para abrir boca, podéis echar un vistazo al enlace que va a continuación.

Cómo se escriben diez novelas en diez años



Las circunstancias de la existencia

Yo me llamo Anastasia, pero quizá por abreviar, aunque tampoco sea abreviar mucho, todo el mundo me llama, y me ha llamado desde siempre, Nastasia. Semejante gracia, más propia de otros tiempos, fue idea de mi madre, que cuando joven leyó mucho, en libros viejos y desencuadernados, a los clásicos rusos. Ella se llamaba Remedios, al igual que mi abuela, pero como seguramente no estaba muy conforme con ello –aunque a mí me parece un nombre precioso–, me puso otro, uno más bien exótico y propio de lugares lejanos, aunque no caribeño o sudamericano en general, que es lo que se ha estilado luego, sino más bien eslavo o centroeuropeo.

Yo fui hija de soltera, aunque mi madre en pocos años trocara aquel venturoso estado por el de malcasada, y si mi infancia más temprana, rodeada de gallinas y conejos en el florecido patio de mis abuelos y mis amores, constituyó un cúmulo de mimos y felicidades, no cabría decir lo mismo de los adversos tiempos que siguieron, cuando mi padre, llevado a ella por el diablo y sus aficiones –que no otra cosa podría suponerse–, nos descubrió por casualidad en la casa de lenocinio que, con gran aparato y sabiduría, regentaba mi tía Conchita en una céntrica calle de la capital del reino, institución en la que, cuando aquello sucedió y de manera ventajosa, estábamos acogidas, yo correteando por los pasillos cuando me dejaban, que no era a todas horas, y mi madre planchando, planchando sin parar y oyendo a los Bitels, a los Kinks y a los Rolineston.

–¿Y a Elvis?

–A Elvis también, por supuesto. Y a Eddie Cochran, que de todos hay que acordarse. Y a Yoni y los Huracanes, a los Platers, a Cafrune...

–¿A quién?

–A Cafrune. ¿Tú no sabes quién fue Cafrune?

–No.

–Bueno, pues tú te lo pierdes. Y además a Pepino di Capri, a Yoni Jalidei, a Yino Paoli...

–¡Jo! ¿Y ese quién es?

–¿Quién? ¿Yino Paoli...? Pues el de "Sapore di sale". Yo oí tanto todo eso cuando tenía tres y cuatro años que no se me ha olvidado. Lo que pasa es que...

–¿Qué?

(Y aquí entorné los ojos...).

–No, nada. Que luego apareció mi padre y las sesiones musicales se redujeron sustancialmente.

Mi infancia y juventud, pese a que fueron felices porque yo tenía sobrados recursos, y ante todo a mi maravillosa madre a mi lado, consistieron en una encarnizada y continua batalla con el hacedor de mis días, paradigma del misógino más recalcitrante, que no contento con hacerle la vida imposible a ella –a mi madre–, intentó, por mi femenina condición, hacérmela a mí también, y si no lo consiguió fue por las circunstancias que rodean a la vida y se verán en páginas posteriores.

–¿No decías que ya valía de hablar de tu padre?

–Sí, desde luego, pero es que a mí debió de dejarme traumatizada, que si no, no entiendo semejante querencia... Bueno, pues lo que íbamos diciendo: que aleccionada por lo que había visto en casa cobré un insuperable horror al matrimonio, de forma que nunca me casé, ¡aparta de mí ese cáliz, los muros de la prisión...!, y supongo que ello se debió al magisterio de la vida, las lecciones que nadie pronuncia en voz alta y los cotidianos disgustos, porque de las alegrías nadie aprende nada..., pero tampoco quiero alargarme con divagaciones, dado que no es el momento ni el lugar, así que, para concluir y habida cuenta de que, pese a lo dicho, no todo fueron desgracias, ¿qué querrían ustedes, a modo de ejemplo, oír del cúmulo de anécdotas y sucedidos de mi vida infantil...?

Les podría contar que yo fui una niña muy formal, conformista, estudiosa y lectora empedernida, al menos durante los primeros tiempos, facetas de mi carácter que contaban con la más patente desaprobación de mi progenitor, personaje al que aquello daba tanta rabia que hacía como que no quería mirar los papeles del colegio en donde lo decía.

–Ya estamos otra vez...

–Bueno, sí..., o que me operaron de las amígdalas vestida de sevillana, chusco incidente que acabó en casa del fotógrafo, o incluso las mil maravillosas impresiones que me provocaron las estancias en verdes y campestres campamentos veraniegos, ¡a mí, que era de secano...!, pero me voy a limitar a contar que, una vez, cuando tenía catorce años, me fui en una lambretta y sin que se enterara nadie –yo sola–, a Valencia a ver el mar, que no conocía, y por el camino aprendí a hacer alioli, una salsa muy parecida al, desde mi punto de vista, familiar almodrote. Tardé un día entero entre la ida y la vuelta, esto es, veinticuatro horas, y el mar no me gustó nada. Era gris y plomizo y en sus charcas había peces muertos; su ribera, además, apestaba a alcantarilla y urbanismo, y todos mis sueños, que habían sido concebidos y alentados por las luminosas fotos de las enciclopedias, se vinieron abajo estrepitosamente. Menos mal que luego, unos meses después, cuando aprobé la reválida de sexto, mi madre me llevó a una playa de verdad, una playa del océano Atlántico de arena fina y olas blancas, y me compró un bikini de colores, mi primer bikini, objeto del que, durante una temporada, estuve orgullosísima, y es que, a la edad que dije –y aún antes, las muy lanzadas– eso de poder enseñar la tripa...

 
 
Los hombres y oficios de mi vida

Los hombres de mi vida infantil, aparte de los novios propios de la edad temprana, que no suelen tener mayor trascendencia, fueron cuatro: mi padre, del que ya he dicho demasiadas cosas; Juanito, el Macizo de Europa, que era el dueño de la cafetería en donde mi madre trabajaba de encargada y una vez nos llevó de excursión a las montañas, a ella y a mí, y me dejó encandilada –a mis diez años– para lo sucesivo; Caque, el oso gaitero, que nos contaba cuentos, nos ponía músicas para despertar y nos llevaba a caminar por los senderos de la montaña –todo ello sucedió en mis primeras vacaciones fuera de casa–, y por último, Román, que era el taxista del pueblo de mis abuelos. Román, en una ocasión, me trasladó desde mi pueblo a Trujillo a través de la más cruda estepa castellana (era en verano), y durante el viaje vimos al dragón de Komodo oculto entre las zarzas de una cuneta de aquella desigual carretera que sorteaba sierras y pantanos. Además me invitó a comer (fue la primera vez en que yo comí con un extraño en la misma mesa) y me depositó sana y salva en el seno de la Caravana de la Estrella Polar, un campamento itinerante que recorría el Camino de la Mesta y del que yo disfruté aquel verano sin que de ello se enterara –por supuesto– mi padre, y si bien ellos tres (Juanito, el Macizo de Europa; Caque, el oso gaitero, y Román) se comportaron con mi persona de la forma más exquisita, no podría decir lo mismo del primero de esta lista, el autor de mis días, quien, aparte de sus ruidos, estuvo a punto de hacerme una avería cuando, una tarde de mis trece años, volvió borracho a casa, y si no lo consiguió fue porque mi madre apareció en el momento oportuno..., pero, como dije, lo pasado, pasado, y no quiero volver sobre ello.

–¡Jo, qué pesada eres!

–Sí, no, si ya lo dejo...

Bueno. Yo fui una excelente alumna, como acabo de apuntar, pero cuando aprobé la reválida de sexto se me ocurrió que aquello era una pérdida de tiempo para mis planes más inmediatos –que consistían en irme de casa, a poder ser con mi madre al lado– y con su permiso di comienzo a mi vida de trabajadora, en la que, tras algunos lances sin importancia ni mayor interés, recalé –como camarera al principio, aunque luego ascendí a encargada y jefa suprema del negocio– en un bar, un bar de copas en donde conocí a un notable personaje que había de intervenir en mi vida posterior e influir poderosamente en los acontecimientos futuros. Me refiero al que se hacía llamar Monticola Solitarius o Roquero Solitario, pájaro de acantilado que se distingue por su armonioso canto y el acerado tono azul de su plumaje, aunque yo, para variar, en ocasiones le decía Llanero Solitario, o para abreviar, el Rockero a secas. Monticola, que en realidad se llamaba Felipe Colombres –donde las mujeres se tiran a los hombres, una de sus muletillas preferidas–, era ingeniero, motero y rockabilly de tupé; tenía los ojos azules grisáceos, decía que los que trabajan lo hacen porque no sirven para otra cosa y, encima, era asturiano de raíces, lo que se notaba sobre todo en cómo entornaba la mirada, porque yo creo que los visigodos son completamente distintos a los moros; es decir, que miran diferente...; vamos, es un punto de vista y una observación que brindo a quien quiera aprovecharse de ella, que a lo mejor resulta que es verdad. Cuando le conocí casi me doblaba la edad, pero como me gustaba con pasión, ello no fue óbice para que yo hiciera todo lo que se me ocurrió, que tampoco fue mucho, porque, como ustedes saben, la ignorancia es atrevida y la veteranía un grado, y los hombres –por lo menos algunos– tampoco se dejan hacer cualquier cosa, digan lo que digan las malas lenguas.

Él era el dueño del oscuro y céntrico bar de copas del que hablé y en el que hice mis primeras armas, bar que, junto a la entrada y en un rincón, contenía un apolillado grupo de cabras disecadas, dos cabras y tres cabritos en posturas más o menos convincentes –cabrones no había ninguno, pero, como decía Monticola, ellos ya estaban representados en la clientela– y, lógicamente, se llamaba "Casa de cabras". Aquella fue mi razón social durante años, mi trampolín a la vida, mi ola sin retorno..., y cabalgando sobre ella aprendí muchas cosas, sí, y llegué a mi oficio posterior, que, ¿cuál dirían ustedes que fue durante algunos años? Pues bien, mi oficio posterior durante algunos años –y que no se asuste nadie– fue el de la prostitución, así, dicho cruda y llanamente, aunque con ello no quiero decir que dejara el bar, no, mi bar de todas las noches, sino que durante una temporada compaginé ambas actividades con ventaja, y gracias a ello no sólo pude defenderme con soltura por los empinados caminos de la existencia, sino que me eduqué en esa universidad que no tiene nombre, la universidad de la vida, en donde conocí de temprana forma y con todo lujo de detalles prácticos las miserias del proceder diario. Ya se dice, ¡la carrera...!, pero ahora, antes de nada, como sé que a más de uno –y de una– he dejado boquiabierto, debería añadir algo.

Yo llegué a mi reino por tontería, sí, juvenil indiscreción y, como tantas veces diré, reducción al absurdo. Por aburrimiento no, que fue por las gracias que la naturaleza arrojó en mi ser y las múltiples circunstancias de la vida, el inmoderado correr de los tiempos a su libre albedrío y, como dijo aquél –¿fue el Rockero?; pues no sé si fue él, pero pudo serlo perfectamente–, los caprichos de la inexorable termodinámica, que a todos nos tiene reservada alguna sorpresa, y a algunos varias.

Los fines de semana, como venía mucha gente, éramos dos las camareras en el bar, y la otra era una chica alta y mayor –mayor que yo– que se llamaba Mayca. Ella se comportaba distantemente con la clientela, nunca sonreía y sólo decía, tres sesenta, dos cuarenta, y cosas por el estilo, pero a mí, un día que estábamos más descansadas, me dijo,

–Yo tengo tres empleos. De día en unos grandes almacenes; algunas noches aquí, y otras...

–¿Otras qué?

–Pues otras me busco algún cliente y me lo llevo a dormir a casa –y lo dijo como quien lava, sin darle la menor importancia.

A mí, aquella revelación, me dejó patidifusa, y luego estuve una temporada mirándola como si fuera un bicho raro, pero con el tiempo, cuando ya tenía dieciocho años, observando la enorme lentitud a que se desarrollan los acontecimientos, esto es, percatándome de los mínimos progresos que se operaban en mi vida y acuciada por los ímpetus propios de la edad...

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21/09/2007

Sobre Nastasia y su vida

 

Esta es una novela de aventuras -las aventuras de una niña desde que nace hasta que llega a los veinte años-, de forma que no creo que nadie se aburra. Si alguien quiere leerla entera, nada más fácil: al final está el enlace para echarle un vistazo, y, en último caso, conseguirla. Es un libro de bolsillo de 280 páginas.


Lo que sigue es una selección de

La efímera vida de Nastasia,

polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven.

 

 

Excursión a las montañas y otras aventuras

 

En el año 74, en Espinama, un pueblo del norte, salía un orujo por las cañas que no era normal. ¿Eran las cañas o eran las canillas? Allí nadie me lo aclaró pero yo lo he visto, y probado, sólo un poco pero lo probé, y no rascaba nada, no como el de ahora, y aquello sucedió a las siete de la mañana y nevando. Fue cuando mi madre me llevó a una excursión de repente.

Esto de las excursiones de repente es fantástico, más para mí que nunca había salido de la gran ciudad –aquella fue la primera vez que sucedió–, y las excursiones de repente, por si alguien no se había dado cuenta, son las que no te esperas. Llegas del colegio y tu madre te dice,

–Venga, niña, arréglate, que nos vamos de excursión.

Como era un jueves por la tarde a mí me extrañó.

–¿De excursión? ¿Ahora? ¿Adónde? –y mi madre, que tenía la mirada desusadamente brillante, me dijo,

–A las montañas, ¡a las montañas del norte! ¿No quieres? Venga, mujer, que nos están esperando –y yo iba a apresurarme, cuando se me ocurrió algo.

–Entonces, ¿mañana no voy al colegio? –y mi madre se alarmó.

–¿Quieres ir? Si no vas un día no pasa nada. Ya iré yo a hablar con tu profesora para explicárselo –y media hora después entrábamos en el bar en el que ella trabajaba.

Mi padre no estaba. Como tenía unos días de vacaciones se había ido con unos amigotes a ver un partido de fútbol de su equipo preferido a una ciudad distante y no volvía hasta el domingo por la noche, por eso pudimos hacerlo tan tranquilas, pero, por si acaso, mi madre dejó descolgado el teléfono antes de irse.

En donde habíamos quedado era allí, en su bar, al lado de casa, tres manzanas más allá, sólo que aquella vez no fue a trabajar porque llegamos y en la barra había un señor con una chica que nos recibieron muy sonrientes y a mí me dijeron,

–¿Quieres una cocacola?

Yo dije que sí, claro, pero me pregunté una vez más por qué las personas mayores ofrecen cocacolas a las niñas; a mí me parecía uno de tantos misterios de la naturaleza.

Luego mi madre nos presentó.

–Este es Juanito y esta Mairena, y esta mi hija Nastasia.

Yo les di unos besos y me tomé la cocacola con una paja, callada y mirándolos de reojo, mientras ellos hablaban. El tal Juanito, que era un poco mayor que mi madre, llevaba un mapa en la mano y estuvieron mirándolo, y luego, en seguida, nos fuimos. Nos montamos en un coche buenísimo y nos pasamos todo lo que quedaba de tarde, y parte de la noche, de viaje por carreteras que no había visto nunca. Mi madre y yo íbamos en el asiento de atrás y a mí me gustaron mucho los paisajes. Al principio los árboles eran chopos, grupos de chopos anaranjados, pero luego cambiaron y aparecieron unos que me resultaban desconocidos.

–¿Cómo se llaman esos árboles?

Mi madre no lo sabía, pero Juanito, el que conducía, sí.

–Se llaman robles. ¿Ves aquellos de allá arriba? Pues aquellos son hayas. ¿Te gustan los colores?

–Sí.

–Pues eso es porque estamos en otoño.

Debimos de ir muy lejos porque tardamos mucho, y al final había muchas curvas. Íbamos por una carretera muy estrecha y con muchísimas curvas en una noche con luna, cuando Juanito señaló hacia la derecha y nos dijo, ¡mirad, mirad!, y sí, efectivamente, miramos por la ventana y allí al lado había unas enormes montañas iluminadas por la luna. Eran tan grandes y tan quebradas, y estaban tan cerca, que parecía que se nos iban a caer encima. Se las veía perfectamente. Encima de ellas había nubes blancas y el cielo estaba azul, oscuro pero azul, y algunas estrellas, las que dejaba ver la luz de la luna, brillaban como chiribitas. Luego ya no pude apartar los ojos de aquella visión sobrenatural, sólo cuando los árboles que había al borde me la tapaban, pero pasaban en seguida y yo volvía a buscar la luna y las luces del cielo azul oscuro, aquel cielo enmarcado por las enormes montañas de piedra...

Luego, desde que empezamos a ver las montañas, transcurrió poco tiempo hasta que llegamos a nuestro destino. A trechos había unas farolas mortecinas que señalaban los pueblos, y al final llegamos a un grupo de casas en donde paramos. Yo salí del coche y noté que hacía frío porque era el final del otoño y por la noche, pero desde fuera se veía mucho mejor lo que nos rodeaba, pese a que fuera de noche, y estuve mirando a mi alrededor todo lo que pude, aunque en seguida entramos a una de las casas del pueblo. Era una casa antigua pero preciosa. A lo mejor había más gente, pero yo sólo vi a una señora que nos acompañó al piso alto y nos enseñó nuestras habitaciones, que también eran muy bonitas. En la nuestra sólo había una cama grande, así que yo tenía que dormir con mi madre, pero mejor, claro, porque casi nunca dormíamos juntas y era de las cosas que más me gustaban. Luego nos dieron de cenar, ya no recuerdo qué, aunque no importa. Seguro que estaba bueno, porque no recuerdo nada malo de aquellos días, todo lo contrario, y cuando acabamos me hicieron acostarme. Les di un beso a todos y mi madre me llevó al cuarto y me tapó entera.

–No te destapes que aquí hace frío. Duérmete, que yo vengo en seguida –me dijo, y se fue.

Yo me quedé con un palmo de narices porque ya no iba a poder hablar nada, con lo que a mí me gustaban las conversaciones nocturnas e irte quedando dormida poco a poco..., pero bueno, me conformé, ¡qué le iba a hacer! Me estiré allí dentro, bostecé y estuve pensando en aquel lugar tan raro en el que estaba. Seguro que fuera todo estaba lleno de árboles anaranjados y de ...

Lo que sucedió fue que pasé bastante frío porque ella no vino hasta muy tarde. Como la cama era tan grande no se calentaba nunca. Siempre que te movías tocabas en algún sitio que estaba helado, sobre todo por la parte de los pies. Al principio me dormí, pero luego, en mitad de la noche, me desperté. Estaba todo oscuro y apagado, aunque por la ventana entraba un poco de la luz de la luna, y yo seguía sola. Mi madre aún no había vuelto, y yo, entre sueños, agucé el oído y escuché como unas risas. Era allí al lado, en donde habíamos cenado. Luego se oyó a Juanito decir algo y me volví a quedar dormida, y ya no me desperté hasta por la mañana, agarrada a mi madre y ella durmiendo a pierna suelta.

–Mamá –y mi madre se movió.

–¿Qué?

–Que ya es muy tarde. Mira, es de día.

–Bueno, no importa, sigue durmiendo, ¡ay...! –y nos volvimos a quedar dormidas otro rato y yo noté que ya no tenía nada de frío.

Aquel día, después de desayunar, nos subimos a las montañas por un camino de piedras y tierra, un camino bastante largo y empinado. Juanito y yo íbamos delante, y Mairena y mi madre detrás, hablando. Nosotros también hablábamos.

–¿A que no sabes qué es subir a la montaña?

Yo me quedé muda.

–Pues subir a la montaña es un acto social.

Yo seguí muda, pero Juanito se lo decía todo.

–Bueno, un acto social no, es un acto individual. Subir a la montaña es recorrer la vida con nuestras propias fuerzas, algo que todos debemos hacer. ¿A ti te gustan las montañas?

–¿A mí...? Muchísimo. Y los bosques.

–Bueno, pues ahora vamos a pasar también por algunos bosques, ¿los ves ahí arriba? En seguida llegamos.

Anduvimos toda la mañana por aquel camino y, en efecto, atravesamos algunos bosques, pero más que bosques de verdad eran sólo grupos de árboles. Como aquello estaba muy alto allí no prosperaban los bosques enteros, y lo poco que había se acabó en seguida dando lugar a peñascales. Todo eran piedras grandísimas, la mayoría de las cuales debían de haber bajado rodando desde arriba, y cuando ya empezaba a cansarme aparecieron ante nosotros unos grandes campos verdes en lo más alto, unas praderas en la cuenca escondida de los montes. A nuestro alrededor todo eran grandes cumbres de piedra blanca y nombres sonoros, pero no me los aprendí. Uno se llamaba Peña Vieja y otro me parece que Peña Santa de Castilla, sí, me suena, porque Juanito nos lo estuvo explicando, sobre todo a mí. Estuvimos mucho rato sentados en el suelo, al principio en unas piedras y luego sobre la hierba verde de un lugar encumbrado, y también nos hizo fotos.

–Nunca había ido de excursión con tres mujeres. Es mucho mejor que con tres hombres. Los hombres no hablan más que de fútbol –y yo me acordé de mi padre, pero no dije nada.

Luego dimos otro paseo por el campo verde, ¿nos llegamos hasta aquellas peñas?, y al final bajamos al pueblo muy tarde, como a las cuatro o las cinco, todos con mucha hambre, y comimos alubias. Las alubias no era lo que más me gustaba del mundo, pero como Juanito dijo que allí había que comer alubias, que era lo obligado, transigí y dejé que me hicieran el menú.

–Nastasia, ¿cómo es eso de que a ti no te gustan las alubias? Siempre las comes.

–Sí, pero no es lo que más me gusta.

–Bueno, prueba estas y ya veremos.

Me llenaron el plato hasta arriba, y cuando las probé me di cuenta de por qué era lo obligado, ¡estaban buenísimas!, no se parecían en nada a las que yo conocía. Aquellas tenían el caldo espeso y como rojizo, y todo estaba lleno de trozos de chorizo que sabían a humo.

–Qué, ¿bien?

–Huy, sí, más bien...

Cuando acabamos de comer resultó que se había hecho casi de noche, porque, como ya dije, todo esto sucedió en noviembre, y en noviembre, y en diciembre más, se hace de noche en seguida, así que nos dedicamos a recorrer unos cuantos pueblos que había cerca. Uno tenía una torre antigua y otros estaban en laderas verdes y oscuras. También fuimos a una fábrica de quesos muy vieja en la que nos dieron a probar el que hacían, que estaba buenísimo. Todo estaba muy sucio, pero eso daba igual, y Juanito compró unos cuantos pero mi madre no quiso ninguno.

–No, ¿cómo vamos a llevar esto a casa? Tu padre pensaría que hemos estado de viaje –y yo, que ya me veía sin queso, insistí.

–Pero podemos decir que nos lo ha regalado alguien...

Mi madre, sin embargo, se rió.

–No, mujer, ¿para qué vamos a darle ideas? –y yo me quedé sin el queso, con lo bueno que estaba..., y como era de noche y hacía frío volvimos en seguida a nuestra casa.

Allí la señora nos dijo,

–¿No van ustedes a ver lo del orujo? Ahora es la época. En la casa de al lado lo va a hacer mi hermano. ¿Quieren ir a verlo?

Lo del orujo era que lo destilaban.

–Seguro que no sabes qué es destilar.

–No.

–Bueno, pues ahora vamos y nos lo enseñan.

Llegamos a otra casa, al bajo de otra casa. Era como el garaje pero no había coches. Lo que había eran muchos trastos, montones de leña cortada y un señor mayor que estaba zascandileando por allí.

–¡Ah!, pues llegan ustedes un poco pronto, no empezamos hasta las cinco de la mañana, ahora estaba yo preparándolo... ¿Querían comprar algo? ¿De dónde son ustedes?

Estuvimos un rato viéndolo todo, y luego nos volvimos a casa porque ya era muy tarde y había que cenar. Como allí se comía tan bien no perdonamos ni una comida, y además Juanito era un gran comilón y decía que era pecado hacerlo.

–Nastasia, ¿qué quieres cenar esta noche? Fíjate, ¡hay truchas del río! –pero a mí no me gustaba el pescado, aunque fuera del río.

–¿Yo puedo comer alubias?

–¿Alubias otra vez? ¿Por la noche?

–Sí, ¿no puedo?

–Sí, mujer, claro, cómo no vas a poder... ¿Quieres alubias otra vez?

–Sí.

–Bueno, pues alubias para la niña. ¿Quedarán?

–Sí, alguna quedará; además, ahora estarán mejor.

... y aquella noche, mi madre, que debía de estar bastante cansada de andar por los montes, y los demás igual, se vino a dormir conmigo en cuanto acabamos de cenar, y como yo también estaba con sueño no me enteré de nada, ni del frío ni de nada, y además no hablamos, no nos dio tiempo, sólo me tocó un poco la cabeza.

–Jo, hazme eso –porque mi madre tocaba la cabeza que no era normal, te quedabas sopa sin remedio, de forma que nos quedamos dormidas en cuanto nos metimos en la cama, dormimos toda la noche de un tirón, y al día siguiente nos levantamos muy temprano y fuimos a ver aquello del orujo.

Tenía que ser temprano porque era el momento en que todo ello se llevaba a cabo. Los que lo hacían, que eran tres señores del pueblo que estaban muy contentos y venga a frotarse las manos, empezaban por la noche y seguían así durante todo el día.

–¿Cómo se llama eso?

–¿Eso...? Pues eso se llama "alquitara". ¿Ves que tiene fuego debajo? Hay que alimentarlo todo el tiempo para que no decaiga.

–¿Y eso?

–¿Eso...? Oye, ¿cómo se puede llamar esto? –y lo tocaba.

Por allí hubo un momento de duda y confusión.

–Pues no sé. ¿Cómo lo llamas tú?

–Pues se llamará canilla.

–¿Canilla? No creo; eso es lo de las barricas de vino.

–Pero es lo mismo.

–¿Lo mismo...? Piensa, hombre, que la niña quiere saber cómo se llama –y yo me sentí aludida.

–No, si da igual...

–¡No, mujer, qué va a dar igual!

... pero se les olvidó, y luego nos invitaron a probarlo. Metían una copa, como las del coñac que bebía mi padre, en el chorrito que salía por... ¿la canilla? Sí, eso. Pues ponían una copa, dejaban que cayera un poco y nos lo daban. El primero que lo probó fue Juanito, y dijo,

–¡Está buenísimo!, ¡probad, probad! –y les daba a Mairena y a mi madre.

Ellas bebieron y dijeron lo mismo.

–¡Qué bueno...! –y se relamían.

Como hacía mucho frío, porque afuera estaba medio nevando, íbamos todos muy abrigados y aquello nos sentó de miedo.

–¿Puedo probar yo?

–Bueno, pero sólo probarlo, ¿eh? –y a mí me supo un poco raro.

Sólo me mojé los labios, puse unas caras rarísimas y lo dejé; los demás se rieron.

–Está fuerte, ¿verdad?, porque esto no es para niñas. No, que esto es para personas mayores, pero no te preocupes que no te va a sentar mal, todo lo contrario –y así fue.

Cuando salimos de allí, al cabo de una hora y con unas cuantas botellas que compró Juanito metidas en una bolsa, íbamos todos contentísimos y nos fuimos a desayunar otra vez. Volvimos a casa y la señora nos dijo,

–¿Que quieren desayunar otra vez...? Por supuesto, ahora mismo. ¿Quieren ustedes unos huevos? Los acabo de coger.

... y nos comimos unos huevos fritos que no se me han olvidado. Además nos puso jamón y chorizo, todo frito, y más cosas, como una especie de tortas que se llamaban...

–¿Cómo?

Frisuelus, hija, frisuelus. ¿Tú no sabes qué son los merdosos?

–No.

–Bueno, pues parecido –lo que no me sacó de dudas pero me dio igual, aunque aquel nombre...

Sin embargo, me comí todos los que pude y luego ya me encontré en paz con el Universo. La señora, además, nos dio la receta porque Juanito estaba muy interesado.

–¿Esto? ¡Pero si es muy fácil...! Fíjese usted: se hace el batu..., se le da el puntu..., y ya está.

... y cuando salió el sol, porque al principio nevaba pero luego se despejó y asomó entre las nubes, no mucho pero algo asomó, nos fuimos a un pueblo grande que había allí cerca y en donde aquella mañana ponían un mercado. La gente iba con paraguas y unos zapatos de madera que hacían mucho ruido, y todos compraban panes de torta. Allí vendían de todo, sobre todo chorizos y pimientos, y al final comimos en un sitio que era como antiguo y con vigas de madera. Comimos otra vez muy bien, pero ya no voy a contar más porque lo que nos sucedió a partir de ahí fueron cosas parecidas.

Fue un fin de semana muy raro y muy largo, y yo me digo -vamos, entonces no me di cuenta de nada, pero ahora me digo-, mi madre, ¿hizo una excursión con uno de sus múltiples amigos? Pues es muy posible. Como era tan guapa, podía permitírselo. Yo, entonces, no tenía más que diez años y todo me parecía bien. Además, prefería estar con cualquier persona antes que con mi padre, y aquellos dos, Juanito y Mairena, eran muy simpáticos y se portaron muy bien. Ahora, al cabo del tiempo, lo pienso y mis recuerdos son muy bonitos. ¡Qué grande parece todo cuando eres pequeña...!, esa es la verdad. A las montañas las llamaban los Macizos de Europa, ¡no, tonta!, ¡los Picos de Europa!, lo que sucede es que como los picos son muchos los dividen en varias partes, y a cada una la llaman "macizo", el Macizo Central, el Macizo Oriental..., ¿será así? Bueno, sí, algo así debe de ser. Macizo, ¡qué gracia!, ¡macizo! Yo creía que eso sólo se les decían a los hombres, ja ja. Bueno, a Juanito le voy a llamar desde ahora "el macizo de Europa", no sé por qué, o bueno, sí sé por qué, es que está muy bien..., y sí, ¡qué grandes y bonitas nos parecen las cosas cuando eres pequeña...! Todo es mágico y del color del caramelo, los árboles, las montañas también, aunque aquellas fueran blancas, y la comida y la bebida..., más ahora que soy mayor; ahora sí que me acuerdo. Todavía hay tontos a los que sacan una botella a la mesa, leen la etiqueta y dicen, vaya, jolín, ¡orujo de Liébana!, cuando lo que tienen ante sí es matarratas de alguna factoría del noroeste. El orujo de Liébana es diferente. Es algo que no raspa, y si bebes bastante –lo que sólo puedes hacer de mayor, claro está; de pequeña no porque se te estropea el hígado, ¿entendido?; sí, entendido–, pues al día siguiente ni te acuerdas, es como si no hubieras bebido nada, aunque de lo del noroeste sí te sueles acordar, esa es la diferencia, y mi padre, por acabar de contarlo todo, no se enteró de nada de lo que había sucedido. Su mujer y su hija se fueron de excursión durante casi cuatro días y él no se enteró de nada. Me imagino que pensaría que habíamos estado allí todo el fin de semana, esperando o guardándole ausencias, porque los que creen que lo saben todo no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor. Lo podía haber descubierto, porque a una niña se le puede sacar la verdad muy fácilmente, pero le importábamos tan poco que yo creo que ni se le ocurrió. Yo dije como de pasada que habíamos estado en el cine y él me mandó a mi cuarto a estudiar.

–Hala, hala, muy bien; vete a tu cuarto y mira a ver si tienes algo de provecho que hacer –y se puso a liar uno de sus cigarros.

Yo ya sé que los niños somos muy pesados y que a los mayores los agobiamos, pero mi padre..., ¿qué quieren ustedes que diga? Pues que se pasaba, qué voy a decir, se pasó toda su vida, y eso cuando no llegaba, que solían ser la mitad de las veces. Bueno...

 

 

*             *                *

 

 

A los diez años, los niños, entre otras cosas, aprendemos a dividir, es justo el año en que te enseñan a dividir, la última de las cuatro reglas. En años anteriores nos habían enseñado a sumar y a restar, lo que me resultó muy fácil, y luego a multiplicar. La tabla de multiplicar, como nos la enseñaron cantando, tampoco me pareció difícil, únicamente eso de poner los números en filas y columnas se me atragantó un poco, aunque al final pudiera con ello, pero lo de dividir me costó más, y ello se debió a que no nos dijeron lo primero que hay que decir en estos casos. Puede que nos lo dijeran y yo no me enterara, no sé, pero el caso fue que lo descubrí yo sola, y a lo que me refiero es a las dos primera cifras, la del dividendo y el divisor, porque una debe preguntarse, ¿es mayor la primera cifra del dividendo o es mayor la del divisor...? Bueno, a lo mejor esto es muy lioso para la mayor parte de la gente. A la mayor parte de la gente no le gustan nada los números y se arman muchos líos en la cabeza, pero si uno sabe este truco la cosa es mucho más sencilla... Sin embargo, lo dejo aquí, y de los decimales no voy a decir nada, que no quiero asustar a ninguno de los que me leen.

Yo tenía una amiga..., vamos, tenía varias..., pero tenía una que se llamaba Natalia, con la que discutía estas cuestiones.

–¿Tú sabes lo del dividendo y lo del divisor?

–¿Cuál?

–No, que si sabes lo del dividendo y lo del divisor.

Natalia me miraba incrédula. Yo creo que aquel asunto no le interesaba absolutamente nada.

–¿Vamos a mi casa?

–Bueno –e íbamos.

Su casa estaba muy cerca de la mía y no se parecía en nada. Era muy grande, y todos los muebles eran oscuros y antiguos y aparatosos.

–¡Jo!, vaya armario...

A Natalia, como lo conocía desde pequeña, no le llamaba la atención.

–¿Qué le pasa?

–Pues que es grandísimo.

–¿Grandísimo...? ¡Qué va! Tenías que ver el del cuarto de mis padres. Ese sí que es grande. Bueno, ¿jugamos a algo?

Natalia tenía muchísimos juguetes y muñecas.

–Esta es mi preferida. Antes era esa otra, pero ahora es esta. Se llama Lucrecia, pero yo la llamo Lucre. Tiene un montón de vestidos y algunos se los ha hecho la costurera. ¿En tu casa hay costurera? –y luego, cuando estábamos enfrascadísimas con lo de las muñecas, se abrió la puerta y asomó la cabeza una señora muy peripuesta.

–¡Tía Natalia!

Natalia se levantó corriendo y fue a darle un beso mientras por detrás asomaba la cabeza de su madre.

–¿Y quién es esta amiga tuya? ¡Qué guapa...! Ven, dame un beso –y yo, obedientemente, fui y se lo di.

La señora era medio joven y bastante guapa. Además iba muy bien vestida, y olía también muy bien, bastante fuerte pero bien. Debía de usar algún perfume de esos caros, de los que le gustaban a mi madre. Estuvieron allí un rato y la tía nos dijo,

–¿Me vais a acompañar el día de la manifestación? –y Natalia contestó,

–¡Pues claro! ¿Tú quieres venir? –y yo, que no tenía ni idea de qué era aquello de la manifestación, por no parecer grosera dije,

–Bueno –y la señora se deshizo.

–¡Qué simpática! Bueno, pues ya hablaremos –y se fueron y allí quedó la cosa.

A los pocos días, Natalia, a la salida de clase, me dijo,

–Oye, ¿te quieres venir a casa a probar? –y yo contesté,

–¿A probar qué?

–Pues el uniforme.

–¿El uniforme? ¿Qué uniforme? –y Natalia me puso en antecedentes.

–Es que a la manifestación hay que ir de uniforme, todos vamos de uniforme. Además es muy bonito, ya lo verás, tiene una gorra roja.

–¿Una gorra roja?, ¿sí? –y allá fuimos.

Subimos a su casa y su madre nos dijo,

–¡Ah!, ¿ya estáis aquí? A ver, Natalia, enséñale a Nastasia su uniforme y os lo ponéis, que os quiero ver, ¿vale?

–Vale.

Total, que fuimos a su cuarto y nos los pusimos. El uniforme era azul marino. Era una falda como de palas y un jersey normal. También tenía medias del mismo color, pero esas no nos las pusimos, y la gorra roja era una especie de boina que tenía bordadas con hilo amarillo dos letras, efe y ene.

–Y esto, ¿qué significa?

–Ni idea.

–Bueno, da igual.

Salimos, y su madre nos pasó revista.

–¡Hijas mías!, ¡pero qué bien os queda...! A ver, Nastasia, date la vuelta... ¡Pero, hija, si parece que te lo han hecho a medida! –y con aquello hasta a mí me convenció.

Me quedé muy ufana y orgullosa y no me lo quise quitar, y la gorra menos, hasta que me fui, por la noche, cuando volví a casa.

La manifestación era un sábado por la tarde. Yo salí de casa y no dije nada. A mi padre por supuesto, pero tampoco se lo dije a mi madre, no sé por qué. A mí me daba la impresión de que estaba haciendo algo prohibido, de forma que no dije una palabra.

–Oye, que me voy a casa de Natalia.

–Bueno, hija. Si no estoy cuando vuelvas, vete a buscarme al bar.

–Vale –y me fui.

En casa de Natalia nos disfrazamos entre risitas histéricas y nos estuvimos mirando en el espejo. Yo me ponía la boina ladeada, que me quedaba mejor, pero su madre dijo que no era así.

–No, mujer, póntela bien que tenéis que ir muy guapas, ya verás. Ahora vendrá la tía Natalia, que os va a llevar –y, en efecto, al cabo de un rato llegó su tía, que no iba de uniforme sino de normal, de calle, y nos dijo,

–Muy bien, estáis muy bien. Ahora vamos a buscar a los otros chicos, y cuando acabemos nos vamos a merendar. ¿Queréis ir luego a merendar conmigo? –y Natalia dijo,

–¡Huy, sí, claro! –así que nos fuimos con ella a donde se celebraba la manifestación, que era allí al lado, unas manzanas más allá.

Todo el mundo nos miraba, pero es que pocas veces se ve a dos niñas de uniforme raro. Imagino que pensarían que éramos de algún colegio, no sé, y en seguida llegamos y resultó que había muchos niños más, todos vestidos igual que nosotras. Entonces, un señor bastante raro, uno calvo, con camisa azul marino como las nuestras, bigotito y gafas negras, nos hizo formar, como los soldados de las películas, y nos dijo que íbamos a ir a un sitio que no entendí, nos hicieron ir a todos en fila por la acera otras dos manzanas hasta el sitio que ellos decían. Los mayores iban como desfilando, medio haciendo el tonto pero como si desfilaran, y nosotras los imitábamos muertas de risa, así hasta que llegamos a una calle bastante ancha en donde, al parecer, tenía lugar aquello. Era enfrente de un bar que se llamaba no sé qué 47. A mí eso de los nombres nunca se me ha dado muy bien, y además aquel sólo lo vi una vez, pero de los números sí que me suelo acordar. ¿Cómo no me voy a acordar del 47? Es facilísimo. Bueno, pues estábamos allí, en una calle ancha que estaba cerca de casa, todo lleno de coches y autobuses y gente, porque era la hora en que todo el mundo sale a la calle, cuando algunos de los mayores que iban con nosotros se pusieron a gritar. Sacaron unos altavoces muy raros, unos aparatos con forma de altavoz y que se agarraban con la mano, y se pusieron a dar voces. Qué decían no lo sé, no se entendía nada; desde donde nosotras estábamos sólo se oía un ruido muy raro y las palabras no se entendían. Era como una letanía, y algunos de los niños contestaban. Debía de ser que ellos sabían lo que había que contestar, pero a nosotras no nos lo habían dicho y nos limitamos a mirar, y en esto estábamos, en lo de la letanía, cuando aparecieron algunas furgonetas de la policía que aparcaron por allí cerca, unas a la derecha y otras a la izquierda, y de ellas se bajaron muchos guardias que se colocaron en fila en la acera de enfrente a la que ocupábamos nosotros. Se pusieron todos allí y nos miraban pero no hacían nada. Los guardias eran los de siempre, los que veías por la calle. Iban vestidos con unos abrigones grises muy grandes y aparatosos que no sé cómo les dejaban moverse, y desde que llegaron se redoblaron los gritos que daban los que estaban con nosotros. Gritaba todo el mundo, hasta la tía de Natalia, que estaba allí detrás. Bueno, más que gritar, resulta que se transfiguró. De la que yo vi el primer día en su casa no quedaba nada, seguro que ya no debía ni oler bien. Se puso hecha un basilisco, toda colorada, encendida; yo creo que se puso hasta cardíaca. Gritaba a voz en cuello, aunque no sé qué decía porque tampoco se la entendía, pero una vez, en lo más alto de su exaltación, sí le entendí una cosa, ¡policía comunista!, y luego lo decían todos, ¡policía comunista!, ¡policía comunista!, y los guardias de enfrente nos miraban con no muy buena cara. Estaban tranquilos y no se movían, pero estaban allí enfrente, todos tiesos y con las manos atrás...

Nosotras nos encontrábamos bastante asustadas, yo desde luego, y Natalia por un estilo, pero algunos niños de los que había alrededor hacían bromas.

–No, si no pasa nada.

–Sí, tú fíate de la Virgen y no corras.

–¿Has visto lo que dice este?

–¿Qué dice?

–No sé. A ver, dilo otra vez.

–Pues que te fíes de la Virgen y no corras.

–¡Jo!, ¿y eso qué es?

–Pues no sé; lo dice mi padre.

–¡Jo...! –y de repente se oyeron sonar unos pitos, ¡pi pi piiiii...!

Miramos y vimos que un grupo de guardias con las porras levantadas venían a todo correr hacia nosotros, y allí se organizó la desbandada.

Todo el mundo salió corriendo hacia donde pudo, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Yo agarré de la mano a Natalia y le dije,

–Venga, corre, vámonos –pero Natalia se había quedado paralizada.

Ni me oía ni me escuchaba, se había quedado de pie con la boca abierta y parecía que estaba alelada, así que como los guardias estaban ya muy cerca, y a los que estaban en el extremo, que eran mayores, les estaban dando palos, no lo pensé más y salí pitando hacia donde parecía que había menos gente. Guardias había por todas partes, pero yo hice unos cuantos regates y no me tocó nadie, aunque era difícil salir de aquel tumulto. Todo estaba lleno de gente que se caía y se levantaba, sobre todo los mayores. Yo no sé cómo los guardias podían pegar a todos aquellos viejos, pero el caso era que lo hacían, les pegaban unos porrazos que no veas. ¿Serían comunistas de verdad? Vaya usted a saber, y en mitad de la refriega me encontré al lado de un guardia con la porra en la mano. Yo le miré como con miedo y sin saber qué hacer, pero él se dio la vuelta y se fue corriendo a pegar a otros. Yo también me di la vuelta para salir huyendo, pero había tanta gente que me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me hice bastante daño en una rodilla, o sea, me hice hasta sangre, aunque de eso no me di cuenta sino cuando llegué a casa. De lo que sí me di cuenta fue de que allí, en el suelo, ante mí, había una cartera de cuero de las que se llevan en el bolsillo, que seguro que con todo el lío se le había caído a alguien. Era una cartera muy lujosa, muy buena, y tenía grabados unos dibujos que parecían un montón de flechas. Yo la vi y pensé, ¡ahí va!, ¡una cartera! La cogí, me levanté y eché a correr otra vez, esta vez hacia arriba, porque los guardias se iban en sentido contrario persiguiendo a otros grupos, pero como yo corría muchísimo, y más en aquellas circunstancias, en seguida estuve fuera de su alcance y me metí por la primera bocacalle que pude, luego por otra..., y al cabo de un momento resultó que estaba sola.

Iba a toda velocidad por una calle en la que ya había poca gente. Las personas me miraban al pasar y se apartaban, pero allí ya no había guardias ni nada. Yo iba con la cartera en la mano, y cuando me di cuenta de que nadie me perseguía paré un poco, miré a mi alrededor y volví a casa dando un rodeo. Durante todo el trayecto no vi a nadie que fuera vestido como yo, ni guardias, así que con el susto en el cuerpo, mirando sin parar por mis cercanías, sobre todo desde las esquinas, por si acaso, y apretando la cartera todo lo que pude, llegué al portal, subí la escalera como un meteoro, entré y cerré de un portazo.

Una vez dentro respiré y entré en mi cuarto. En casa no había nadie porque mis padres estaban trabajando, así que lo primero que hice fue cambiarme de ropa. Me despojé de aquel uniforme, que se había ensuciado bastante, y me vestí como siempre, y al hacerlo vi que tenía sangre en una rodilla, pero me la lavé un poco y se me quitó en seguida. Luego fui a mi cuarto, cogí la cartera y la abrí. Dentro había billetes, había mucho dinero, y papeles, pero los papeles no quise ni mirarlos. Saqué el dinero y lo conté. Allí había más de dos mil pesetas, lo que me pareció un capital, claro, porque para mí era muchísimo, pero ni se me ocurrió devolverlo. Después de lo que había sucedido yo no pensaba volver a ver a ninguno de aquellos. A Natalia ya la encontraría en el colegio, pero eso me daba igual, así que lo escondí en el armario debajo de todos los jerséis. Estuve un rato dando vueltas por casa para que no se me notara lo que me había pasado, me peiné y me fui a buscar a mi madre al bar. Me daba un poco de miedo salir a la calle, pero como ya no llevaba el uniforme pensé que no importaba, y al salir del portal miré hacia los lados pero allí no ocurría nada. La gente era la misma de siempre y todo parecía estar en calma, y la cartera, hasta con los papeles, la tiré en una papelera y salí corriendo; yo creo que no me vio nadie.

Yo, por supuesto y del susto que me quedó en el cuerpo, no volví a casa de Natalia nunca. Ella me trajo mi ropa al colegio, que, por cierto, el lunes tenía un moratón en la cara bastante aparente. Yo le dije,

–¿Te pegaron? –y ella me dijo que no.

–No, es que me tropecé con alguien.

–¡Jo, vaya aventura!, ¿verdad?

–¡Jo, desde luego! –y yo le devolví el uniforme, aunque con la gorra me quedé y le dije que se me había perdido en el tumulto; como era roja y tenía insignias, me pareció bonita y la guardé en el armario.

La pensaba poner en mi cuarto, pero luego la escondí, porque si mi padre la veía seguro que tenía algo que decir y a mí no me apetecía oír las cosas que decía. Mi padre a todo le sacaba punta, y de aquello cualquiera sabe lo que hubiera dicho; mejor ni enterarse.

 

 

*             *                *

 

 

El bar en que trabajaba mi madre estaba muy cerca de casa y era un bar bueno, con terraza, y la terraza con un trozo de hierba. La regaban todas las mañanas y todas las tardes, claro, porque si no, a ver cómo iba a haber hierba verde allí... Pues en aquel bar había uno, del que ya he hablado, que me gustaba. Solía estar en la terraza tomando cervezas y leyendo papeles. A lo mejor no es que fuera a aquel sitio, sino que era el dueño.

–¿Es el dueño, mamá?

–¿El dueño de qué, hija?

–Pues del bar...

–¿Cómo lo sabes?

–No, es que como a veces está en la barra hablando con los camareros...

–Pues sí, mujer, es el dueño. ¿Te gusta? –y yo lo pensé, pero con mi madre no podía andarme con rodeos; nos conocíamos demasiado bien y no me importaba nada decírselo.